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Jueves Santo, 2021

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.»
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!»
Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte.»
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos.» El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios.»
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»

Palabra del Señor

Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies,
ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.


Queridas hermanas y queridos hermanos:
Los invito a que nos pongamos en el lugar de Jesús ¿Qué sentimientos habrá experimentado en esa noche? Él sabía que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre. Se habrán mezclado, en su corazón, sentimientos de dolor y de alegría. El dolor de la despedida, de la proximidad de la muerte, de los duros sufrimientos que le esperaban. Es la noche de la traición y del abandono de los suyos, la noche de la mentira y del odio de los hombres que lo entregan a la muerte. Es la hora del juicio injusto y calumnioso. A la vez, es la hora del paso, en donde la muerte y el pecado son definitivamente vencidos. “La hora”, en el Evangelio según san Juan, es el momento culminante de la misión de Jesús. Es la hora plenamente sacerdotal en la que la humanidad se reconcilia, en Cristo, definitivamente con el Padre. La hora de la entrega final, de la plenitud del amor, manifestado en la cruz. Es, por eso, la hora de la gloria, del triunfo definitivo del bien sobre el mal.
El Evangelio según san Juan, ubica la cena, antes de la fiesta de la Pascua Y omite el relato de la eucaristía. Desarrolla su sentido en el capítulo 6, en el signo de la multiplicación de los panes y en el discurso del pan de vida. En lugar del relato de la institución de la eucaristía coloca, en la cena final, el gesto del lavatorio de los pies, signo de un amor total, hasta el extremo, hasta el fin.
El evangelista describe este signo de forma solemne, como a cámara lenta, le da un lugar destacado que nos invita a contemplarlo y meditarlo.
Jesús se está despidiendo. Cuando alguien se despide quiere decir siempre lo más importante, lo que no hay que olvidar. Él nos lo dijo a través del gesto del lavatorio de los pies.
Era tarea de los esclavos. Su amor lo ata para siempre a nosotros. Podemos negarlo, cerrarnos a su amor, escapar de Él. Él siempre estará ligado a nosotros como el esclavo a su señor.
Algunas veces, en señal de respeto, los discípulos podían lavar los pies al maestro. Nunca el maestro a un discípulo. Él, el Señor y el Maestro, toma la condición de servidor, del último… Nos ama desde ese lugar, el lugar del último. No quiere ningún reconocimiento, consideración, ocupa el lugar del olvidado, del no tenido en cuenta, del excluido. Carlos de Foucauld decía que nadie puede ocupar el último lugar porque ya lo ocupó Él. Sólo podemos amar desde el último lugar cuando nos hacemos uno con Jesús.
Amar desde el último lugar no es tomar una actitud de falsa humildad, no es ausencia de autoestima. Muy por el contrario. En el último lugar reconocemos todos los talentos, capacidades, bienes que el Señor nos regaló. Lo miramos a Él como la fuente de todo bien en nuestra vida. Y le agradecemos y lo alabamos por eso. Como María decimos: el Señor ha hecho grandes cosas en mí y por mí. Desde el último lugar comprendemos que la vida tiene sentido, donándola. Todo lo que recibimos es para amar. Es dando que se recibe; entregándonos, crecemos. Amar con Cristo desde el último lugar es encontrar el sentido de la vida, el gozo y la paz en dar sin esperar respuestas inmediatas, reconocimientos, pagos. Es dar desde la libertad, sin estar esclavos de las devoluciones o contraprestaciones. Amar con amor de libertad es encontrar la alegría en el sólo hecho de amar. Es amar sin querer ser visto y reconocido, sin dominar, sirviendo al otro. Amar desde el perdón, como Jesús y con Jesús. Amar desde la alegría de la gratuidad.
Pedro se niega. Jesús le dice que, si no se deja lavar por Él, no compartirá su suerte ¿Cuál es la suerte de Jesús?: la muerte y el triunfo sobre la muerte, la resurrección y la glorificación. Dejate amar Pedro. Déjense amar. Ocupar el último lugar es, también, dejarse amar sin demandar amor. Es recibirlo con gratuidad, sin exigirlo, ni siquiera pedirlo.

Un bendecido triduo pascual para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

Fecha :
01/04/2021
Tópicos :
Evangelio del Jueves Santo, 2021
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