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Viernes Santo 2021

No hay amor más grande que dar la vida
Evangelio de Juan (19, 16-30)

Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota.» Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.
Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
«No escribas: "El rey de los judíos", sino: "Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos.
Pilato respondió:
«Lo escrito, escrito está.»
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:
«No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.»
Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo:
«Mujer, aquí tienes a tu hijo.»
Luego dijo al discípulo:
«Aquí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:
«Tengo sed.»
Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:
«Todo se ha cumplido.»
E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:
Sin lugar a duda, la muerte de Jesús no puede dejarnos de conmover. Pasó su vida haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal; sanó, animó, devolvió la vida, habló con autoridad, despertó a la esperanza. Y lo matan.

¿Por qué lo matan? No tienen un motivo real para condenarlo. Lo tratan de malhechor. Le dicen que no respeta ni el sábado ni el templo, que come con pecadores y que no se purifica antes de comer. Lo tildan de loco, de blasfemo. En última instancia lo matan porque les cuestiona a las autoridades sus prácticas autoritarias, legalistas, inhumanas, discriminatorias. Lo matan porque les hace ver que el mundo no se divide entre puros e impuros. Que la bondad y la maldad reside en cada corazón y que la bondad no consiste en el mero cumplimiento de la ley sino en la misericordia. Lo matan porque se hace amigo de los despreciados de la sociedad, los excluidos y marginados por el poder y se hace amigo de los pecadores porque no vino a condenar sino a salvar, a redimir, a perdonar. Lo matan porque vino a hacer presente el reino del amor, en donde todos tenemos un lugar y en donde nadie es más importante que otro. Lo matan porque le cuestiona el espíritu de dominio a la clase dirigente.

Jesús muere porque cargó el pecado de la humanidad para llevar a la humanidad al camino del amor. La cruz fue consecuencia de su compromiso con el reino del amor. En la cruz nos dijo que su opción por la justicia, la verdad y el perdón es el camino que conduce al Padre. En la cruz nos amó hasta el fin y nos reveló que el amor conduce siempre a la vida. En la cruz se manifestó el triunfo del amor y, por eso, se reveló la gloria del Padre. En esa cruz fue vencido el príncipe del mal.
Los invito a que en este día contemplemos a Jesús en la cruz. Pero no sólo en la cruz de madera sino en la cruz de carne de tantos hermanos que sufren. Su cuerpo carnal ya no sufre más. Sigue sufriendo en su cuerpo místico que es la Iglesia. Sufre en cada hombre y mujer excluido y marginado, en cada joven manipulado por los traficantes de droga y de alcohol, en cada niño sin futuro, en cada persona sin trabajo, en cada familia sin vivienda. Sufre hambre, destierro, violencia. Sufre en cada acto de violencia, en cada pecado de la humanidad. Sufre en cada vida que se elimina. Sufre en tantas camas de hospitales en donde la dignidad humana no es respetada, sufre en tantos ancianos solos y abandonados. Sufre en los rostros de dolor de esta pandemia. En los que padecen la enfermedad y en los que no pueden acompañar el dolor de sus seres queridos y, a veces, ni siquiera despedirlos. Sufre en aquellos que cuidan la vida de sus hermanos con esfuerzo y no son reconocidos. El mismo rostro de dolor que tuvo en el Gólgota, se hace presente en cada persona que perdió el sentido a la vida. Contemplemos esos rostros y descubramos que la vida consiste en acompañar el dolor como Él lo hizo, en jugarse por la justicia hasta el fin, en optar por la paz en cada situación de desencuentro. Descubramos que la cruz se convierte en gloria cuando atendemos el dolor del otro y cuidamos la vida.
Contemplemos la cruz y entreguémosle a Jesús nuestro pecado para que muera con Él en la cruz. En esa cruz es perdonado nuestro pecado. Es ahí donde Él lo arroja al fondo del mar.

Contemplemos la cruz y digámosle al Señor que queremos amarlo en cada hombre y mujer que Dios pone en nuestro camino, que queremos amarlo en los que más sufren. Y descubramos que, en ese amor, la muerte se torna vida. Resucitar significa vivir la revolución de la ternura, el gozo de la compasión, la alegría de una vida vivida en clave de amor.

Un bendecido triduo pascual para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

Fecha :
02/04/2021
Tópicos :
Viernes Santo 2021
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