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Evangelio del domingo 2 de mayo, 2021

Juan 15, 1-8
Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»
Palabra del Señor

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En esta imagen de la vid, Jesús nos manifiesta plenamente su identidad y nuestra identidad. Somos y vivimos en Él.
Es una imagen muy usada en el Antiguo Testamento. El emblema del templo de Jerusalén era una inmensa vid de oro; lo mismo el de la importante sinagoga de Yamnia. Tener una viña significaba mucho para el pueblo de Israel. Ese pedazo de tierra constituía gran parte del sustento familiar. Se la cuidaba de una manera muy especial. Formaba parte del patrimonio familiar, era lo mínimo que se debía tener para pertenecer a un clan y fundamentar, de esa manera, su derecho de ciudadanía. Muchas veces en la viña descansaban los restos de sus antepasados. Era como un signo de identidad familiar, de pertenencia, de patrimonio seguro. Recordemos la viña de Nabot y la pretensión de Ajab en 1 Re 21, cuando le dice a Nabot: «Dame tu viña para hacerme una huerta, ya que está justo al lado de mi casa. Yo te daré a cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su valor en dinero». Nabot se niega y le responde: «¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!» Cuando Dios expresa, en Isaías, el amor por su viña está manifestando el profundo amor por su pueblo y el dolor por un pueblo que no dio frutos.
En el Antiguo Testamento la viña del Señor es Israel; el viñador, el mismo Dios; el fruto, la justicia y el derecho. Ahora Jesús se va a presentar como la verdadera vid; su Padre es el viñador; el fruto, si leemos unos versículos posteriores, es el amor.

Esta imagen nos mueva a dos actitudes fundamentales en nuestra vida cristiana: permanecer y dar frutos.
Dar frutos es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por el cumplimiento de los objetivos propuestos, por lo aparente y reconocido. El fruto, en cambio, se lo mide por el bien hecho. Los frutos evangélicos, nos dice el Catecismo de la Iglesia en el nro. 1832, son “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23). El fruto, muchas veces, pasa por el fracaso; el grano de trigo tiene que morir para dar frutos.

Sólo podemos dar fruto si permanecemos en la vid. El que permanece en Jesús, forma parte de la vid, tiene vida y puede ser fecundo. El que no permanece en Él, no puede dar fruto. Es un permanecer activo y creciente. Es una relación de mutuo amor, en donde Dios nos amó primero e incondicionalmente. Solamente si la savia de Jesús corre por nuestras venas podemos dar frutos en abundancia. Esto implica dejar que su Palabra penetre toda nuestra vida; pasar horas con Él, escuchándolo y dejando que su vida penetre toda nuestra vida. Permanecer, aunque no entendamos muchas cosas, permanecer sabiendo que Él nos ama con amor eterno y que sólo en Él nuestra vida tiene sentido. Permanecer desde la certeza de saber que todo concurre para el bien de los que Él ama. Permanecer desde una Fe que necesita purificarse y madurar.

Esta Palabra nos poda, nos purifica, corta en nosotros aquellas cosas que nos impiden dar frutos: nuestras vanidades, nuestra soberbia, nuestros apegos desordenados, nuestro afán de consumir y tener, nuestros falsos dioses, nuestro egoísmo... Esta poda es para que tengamos vida y vida en abundancia. Quizá estemos viviendo un tiempo muy marcado por la poda. Que ella genere vida nueva en nosotros como sucedió con los primeros cristianos.
Vivamos, en este tiempo pascual, la alegría de vivir en Cristo resucitado y el gozo de ser la viña amada por el Padre.

Un bendecido tiempo pascual,
P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC
Centro de Espiritualidad Palotina

Fecha :
01/05/2021
Tópicos :
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